El masoquismo rodolfista

10.06.2022

Él pega, él insulta, él agrade. Es autoritario, machista, corrupto, indolente. Él es sádico:

"Qué delicia esos hombrecitos, los pobres, que me pagan intereses muchos años...".

Y, sin embargo, a él lo desean como nuestro presidente millones de personas. Según las encuestas de los últimos días, por lo menos está en empate técnico con Petro. Algunos bien intencionados intelectuales quieren "hacer ver" a sus seguidores lo equivocados que están. Pero los he visto cansados y ya recurren, simplemente, a decretar la ignorancia colectiva: se han sacado los ojos como Edipo para no ver su pecado -dicen. Pero no falta, quien en nombre del saber insiste: miren y miren sus declaraciones... ¿No lo ven? Es un mal tipo, nos quiere destruir, no quiere la liberación femenina, es impulsivo, no respeta la ley, es... es... es...¡quiere pasar por encima de todos! No debate, no acepta razones, solo actúa como un salvaje, es básico. Miren y ténganlo presente, nos dicen algunos otros, tengan presente que van a elegir a un admirador de Hitler que nos llevará a la debacle colectiva.

Han pasado los días y es obligación ya, darles una mala noticia a aquellos que confían tanto en la fuerza de la razón para hacer cambiar de opinión a alguien. La realidad es triste; sí, porque no por saber que se está dominado se deja de serlo. Piensen en aquellos muchachos sabiondos que se fueron a vivir en la montaña y a cosechar sus propias verduras, por ejemplo. El problema tal vez sea otro. Como decía Deleuze, la pregunta central de la filosofía política es la que postuló Spinoza: "¿por qué luchan por ser esclavos?" Entonces, ¿cómo fuera que en vez de ayudar a desvirtuar a Rodolfo Hernández mostrando sus defectos relacionados con el autoritarismo y el anti-institucionalismo, lo que se está haciendo al utilizar esa estrategia es más bien convertirlo en un candidato más "deseable" para mucha gente? ¿Acaso no es posible que un autoritario adquiera también un rasgo atractivo para quien ve en ese displacer la fuente de un gran placer? Creo que no se puede pasar de largo la capacidad que tiene el ser humano de buscar en lo angustiante, aterrador, amenazador un objeto para desear y afirmar. En vez de hablar de que los seguidores de Rodolfo son unos ignorantes, mejor midámoslos desde sus afectos y pasiones, y entonces, se puede encontrar que el masoquismo tiene algo que ver con todos ellos.

Masoquista se utiliza normalmente para hablar de aquellos que se visten de cuero, toman un látigo, caminan como perritos (como en la inolvidable Belle de Jour) y les gusta recibir órdenes, que obedecen, justo antes de que les den duro. Pero el masoquismo sexual fue una posibilidad entre otras, que Freud buscó estudiar al enterarse de que también existían experiencias particulares que no se guiaban directa y transparentemente por el principio del placer. Mucha gente busca sufrir de alguna manera u otra. ¿Por qué? La definición de Freud es directa: buscan el sufrimiento porque implica un placer ulterior o transfigurado. El masoquista en realidad está impulsado por el mandato del placer, solo que toma el camino del sufrimiento para llegar a él.

Recorrer ese camino puede tomar diferentes direcciones. Hay un masoquismo moral, tan caro al cristianismo, que consiste en dejar la culpa atrás por medio de un castigo; se opta por las autoprivaciones para apaciguar los mandatos del superyó. Eso explica un poco la decisión de llevar una vida en una comunidad religiosa, por ejemplo. Está también ese caso -relacionado con el anterior- en el que alguien decide el sufrimiento con el objetivo de hacerse ver como mejor que los demás. Un masoquismo narcisista, que brinda un estatus de superioridad frente a los otros. Solo hay que recordar a los que recogen compulsivamente perros de la calle, los vegetarianos o los que en nombre del medio ambiente y la posición de clase, se compran lo más barato y se catapultan a privaciones absurdas. Es una forma de distinguirse frente a los demás. Hay otro tipo de masoquismo que tiene que ver con una identificación que se hace con el sadismo. Ahí el sujeto se deja maltratar, ultrajar y humillar, pero solo por un proceso de identificación que establece con el que lo está maltratando: el placer que siente el sádico es el placer que siente el masoquista. Se conforma con ver en el placer del sádico-otro, el placer que quería buscar para sí mismo. Es una jugada: se esquiva la culpa posible, pero igual se siente el placer.

Hay un tipo de masoquismo que resulta muy llamativo cuando se trata de hablar del vínculo que se establece con los demás. Es el masoquismo que se refiere a un control sobre el displacer. El sujeto quiere dominar el sufrimiento y la mejor manera que encuentra para hacerlo es por medio de su anticipación y puesta en marcha como decisión propia. El placer se encuentra en el control del displacer. Como en las películas porno, en las que las actrices (porque las escenas son siempre machistas) tienen bajo su control cada movimiento y agresión. En caso de que alguien traspase esos límites predefinidos, el reproche colectivo aparece de inmediato. Recuerdo a una estudiante alguna vez que me decía que lo más positivo del mundo BDSM era que todos eran muy respetuosos.

Pero lo que resulta interesante del masoquismo para pensar sobre la situación política actual, surge cuando se lo piensa sobre el modo en que implica el vínculo social. No es solo que el sujeto busque un placer, sino que ese placer se busca en el modo de relación con el otro en el plano político-social. Hay cuatro maneras de entender el vínculo masoquista social. En primer lugar, puede ocurrir que se renuncie al deseo y se busque el sufrimiento porque el otro, los demás, implican un desagrado que no se espera enfrentar. Es un mecanismo de defensa que se utiliza para no enfrentarse a lo que se sabe de antemano que no se comprende o que causa total rechazo. Si se quiere relacionar esta actitud con el hecho de no votar, justificado en un "¿para qué?", parece que hay coherencia en esa interpretación. Por otro lado, hay una forma de mantener el amor, el respeto, la permanencia de los demás, que consiste en mostrarse como sufriente, desvalido e incapacitado. La autoagresión, como cuando Fico se autovictimiza, sin tener presente que él siempre ha sido victimario, y dice: "es que nos tratan como enemigos, nos quieren destruir. Son una mafia. Esto es moralmente un atentado". Él sufre solo para que otro sufra más. Pero también está el vínculo con el otro que consiste en producirse un dolor a sí mismo, solo con la intención de que el otro sufra. Renunciar a la propia felicidad, mostrarlo, señalarlo, pero solo para que el otro no pueda ser feliz, para hacerlo ver como culpable y perverso. Sin duda, así recordamos al amigo matemático que primero denuncia las barbaridades del país en el que vivimos, pero después, cuando ya no tiene el centro de atención, entonces dice que votará en blanco, justamente, porque la opción que es consecuente con su denuncia es la de la maldad y el odio. Fajardo dice: "yo tengo un displacer, pero nadie ni nada me puede redimir. Seguiré sufriendo solo y nadie me entenderá jamás".

Por último, está el vínculo que ocurre por la idealización de un objeto del deseo. Esto ha sido utilizado en diversas oportunidades por la teoría política para explicar el hecho de que las masas sigan irracionalmente a un candidato o líder carismático (se puede a Laclau en La razón populista). Hay un impulso por dejarse humillar y maltratar, pero a raíz de la necesidad de idealizar a un redentor, alguien que haga lo que uno no puede, alguien que brinde fortaleza. Si es un tirano, no importa, puesto que brinda seguridad. El rebajamiento al que lo puede llevar a uno, se justifica en función de la seguridad que brinda. Entonces, mantener una idealización, es decir, la existencia de un objeto que solo se ha diseñado según las cualidades que se le agregan, pero no las reales (la realidad es aprender que no solo lo que produce placer es objetivo), sirve para alejar el sufrimiento de tener que ser uno mismo el que despliegue la transformación que se quiere, que sea uno mismo el que se responsabilice por la propia vida y las decisiones.

En este último tipo de vínculo con lo político es que veo a los seguidores de Rodolfo Hernández. Pero, justamente, al decir esto no se resuelve nada de lo dicho hasta acá, porque no permitiría entender por qué desean el mal en vez del bien. Aparentemente, en el fondo, desear al tirano es una forma de encontrar el placer. Pienso en cambio que RH es el mal que se desea por ser el mal. Es necesario dar un paso más.

Freud en 1920 descubre que hay prácticas humanas que no se explican por la búsqueda del placer, sino por la representación de la realización de lo temido. Se dio cuenta de que había un más allá del principio del placer. Hay escenas que se representan como si estuvieran ocurriendo y ya hubieran pasado, y eso es lo que genera angustia. Como en los sueños, el problema ahí, es que el sujeto cree que aquello que teme ya se realizó. Eso desemboca en una compulsión por buscar señales en cada cosa que permitan dilucidar que el sufrimiento adviene. Así el sujeto, termina por sentir un displacer constante y entra en un masoquismo que no se explica por el placer que produce, sino por una expectativa frente a la realización de lo temido.

De manera que se hace clara la otra función del masoquismo. Por un lado, sirve para obtener un placer a través de unos medios adaptativos según el sujeto, pero también, y acá está lo interesante para nuestro caso colombiano del presente, para controlar el sufrimiento que puede llegar en algún momento. En este segundo caso, en vez de esperar a que aparezca la catástrofe, se la busca, se crea con el objetivo de lograr experimentarla y dominarla. Pero así, se volvería sobre la idea de que la función del masoquismo es la de anticipar el displacer por medio de su anticipación.

Freud entonces propone algo. Pienso también que esto es lo que sienten aquellos que ven en Hernández el presidente que debe decidir lo que ocurrirá con nuestras vidas en lo que sigue. El sujeto busca diluirse, deshacerse, busca la muerte, porque ese es el momento en el que no había nada, ni angustia ni represión. Querer el propio sufrimiento tiene que ver con buscar la muerte, el momento inorgánico en el que no somos nada y nos borramos de la existencia. Melanie Klein, después de Freud, encontró acá el instinto de muerte en su máxima expresión. Se trata de una huida de una realidad que no ofrece la realización del deseo, sino únicamente la realización de lo temido. Es el miedo, la angustia lo que lleva la búsqueda de ese momento prístino de inexistencia y disolución de la vida orgánica. Rodolfo Hernández representa ese camino. Por eso el miedo es la estrategia de ellos siempre. Es el camino de la muerte, de acabar con todo, de disolverlo todo para siempre. Eso es lo que motiva a sus votantes. Es la búsqueda de un sufrimiento evidente, sustentado en ese impulso de ir tras la disolución de la propia vida. Si algo representan todos esos videos y declaraciones de este señor para sus seguidores es que la realidad no ofrece posibilidades para la realización, sino que tienen que buscarse en la autodestrucción y el aniquilamiento de la vida (1). 

Es por eso que la estrategia de Petro en estos últimos días ha sido la de simbolizar la política por medio de experiencias placenteras de la vida, es decir, experiencias de encuentro con un otro que afirma la propia existencia a pesar de sus dificultades. Dormir y comer en la casa humilde de la señora en el Chocó, dejar las apariciones en plazas que lleven a idealizarlo, no contrarrestar los videos de Roy Barreras con aclaraciones paternalistas, renunciar a mostrarse como el inmaculado moral, todas esas últimas decisiones se han referido a su apuesta original por la vida. Colombia se simboliza también como la apuesta por la vida, en medio de una realidad que señala la huida hacia la muerte, que ha codificado tan bien el uribismo en estos últimos veinte años. El miedo les ha servido para mostrar que es en la destrucción y aniquilación donde se encuentran las alternativas.

Lo que está haciendo Petro ahora es la misma apuesta que guío toda la obra de Freud. Es la esperanza puesta en el ser humano. Si el psicoanálisis se mantiene actual es solo por eso, por la fe que tenía Freud en el ser humano. Cuando creyó que en el momento en que uno se sintiera mal con la vida, buscaría en su pasado una respuesta, y que esa respuesta lo llevaría a una ampliación de su conciencia, planteó que las respuestas a la vida humana se buscan en la interrelación y reciprocidad entre los sujetos. Pero esa ampliación la conciencia no tenía ningún otro contenido adicional más que ser autónomo y responsable de lo que se es.

Los votantes de Rodolfo Hernández, por el contrario, están en la búsqueda de todo aquello que no los enfrente consigo mismos ni a su pasado como colombianos, que no les permita reconocer su relación con el conflicto armado, la pobreza y la desigualdad. No tienen presente que su voto al final impide que los más necesitados puedan mejorar sus vidas por primera vez en la historia de nuestro país. Pienso que estos colombianos se complacen de una manera masoquista que no pudo dilucidar Freud, pero que es la que distingue la decisión electoral de gran parte de la población colombiana, en especial, la de estas tierras cafeteras y antioqueñas: idealizan a un sádico, renuncian a su felicidad, pero solo porque saben que hay otros que están peor. En eso consiste su placer masoquista.  

(1). Por supuesto que lo propuesto por Freud es más complejo que la simplificación que hago acá. Tampoco se trata en él de hacer valoraciones políticas a partir de sus descrubrimientos. Lo que planteo es la posibilidad de explicar unos afectos, el miedo y la destrucción de la vida, características del uribismo y la campaña de Rodolfo Hernández en la actualidad, desde un marco conceptual que tiene la virtud de señalar aquello que se escapa a la evidencia empírica aparente y a lo constatado por la conciencia racional del sujeto, que es justo lo que no se arriesgan a hacer los influencers petristas. 


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